PORTADA

Por Mariela Michel

Es probable que alguna persona que lea la primera parte de este título prevea que en algún lugar del texto encontrará una serie de consejos dirigidos a padres o maestros. Pero el arte de poner límites es difícil en todas las relaciones y, como el ser humano es un ser esencialmente relacional, nuestra vida transcurre en un desarrollo permanente de ese delicado arte, que es más sutil de lo que a simple vista parece. No es mi objetivo escribir un texto de autoayuda, aunque quizás pueda llegar a serlo, porque es difícil no tambalear ante un periodismo que actualmente ha traspasado la frontera del ‘atropello a la razón’. 

En esta revista, varios autores han descrito el papel de los medios para fomentar “la cultura de la cancelación” (Mazzucchelli), “la erosión de las democracias” (Bayce), “el ocaso de las libertades individuales” (Díaz), “el capitalismo de vigilancia” (Bolón).  Una serie de textos analíticos que emplean el análisis semiótico de los medios (Andacht) han recogido y descrito detalladamente ejemplos concretos que no dejan duda de que los periodistas ya hace tiempo han abandonado el rol que ellos mismos se han asignado. Existe, sin embargo, un contrato tácito que deberían respetar, porque en base a éste, la audiencia deposita en ellos su confianza. Estamos acostumbrados a orientar nuestros pasos en la cotidianeidad, nuestras opiniones y decisiones, en función de lo que nuestros sentidos perciben del mundo a través de los medios. Es fácil olvidar que es una percepción mediada una vez que establecemos un vínculo familiar con un periodista. Estamos seguros de que ya no necesitamos ‘verificadores de hechos’. Lisa y llanamente, confiamos. 

El vínculo mediático difiere de los que forjamos y mantenemos cara a cara, pero es un vínculo al fin, y por eso, es una relación entre dos roles complementarios interdependientes: el de periodista y el de audiencia. No hay uno sin el otro. Este principio de la teoría de roles (J. L. Moreno) lo ilustró sabiamente Mafalda, cuando su madre le exigió respeto en función de su rol materno, y ella le respondió: “y si es cuestión de títulos, yo soy tu hija, y nos graduamos el mismo día” (Quino). El periodista recibe los mensajes de su audiencia y también las cifras de rating que le hablan de las respuestas que despierta en ella. Y el público confía; porque son los periodistas quienes, sin prisa y sin pausa, ingresan cotidianamente al hogar y acompañan las rutinas laborales. Establecemos con ellos una “relación parasocial” (Horton y Wohl, 1956), que produce “la ilusión de una fuerte intimidad con personajes de los medios” (Andacht). Tanto confiamos en quienes nos informan diariamente que actuamos como si lo que nos llega fuera una percepción directa de la realidad. Es fácil olvidar que es una percepción mediada, cuando ellos nos abren esa segunda ventana al mundo. Por eso, el compromiso ético es necesario. Lo sabemos los psicólogos, lo saben médicos, enfermeros, cuidadores, maestros, abogados, curas, etc. Al igual que los niños con respecto a sus padres, cuando recurrimos a un profesional es porque necesitamos de ellos, y eso nos coloca en una posición de vulnerabilidad. La vulnerabilidad no está necesariamente ligada al género de una persona, sino que depende del rol que alguien ocupa en cualquier relación no simétrica. Porque depositamos nuestra confianza en los periodistas, y porque son ellos quienes la solicitan, es muy grande su responsabilidad.

No pretendo hacer aquí un análisis de los medios, pero sí consideraré un caso reciente que puede servir de ejemplo del abuso de la confianza que están llevando a cabo, probablemente de modo involuntario, la mayoría de los periodistas actualmente. Mi objetivo es contribuir con el intento de comunicarles que han pasado un límite, que han transgredido el contrato tácito que mantenemos con ellos. Al igual que en toda relación, hay momentos en que un ‘no’ oportuno, como todo limite bien puesto, nos beneficia a todos. 

El médico imaginario: el periodismo fuera de foco

Toda relación profesional está enmarcada en un acuerdo entre quienes participan en ella.  Todo contrato incluye la definición de los roles implicados, las expectativas y los límites de cada uno, cuando se focaliza un objetivo concreto. Cuando un padre lleva a su hijo a la escuela, espera determinado comportamiento de un maestro y no otro. No es necesario explicitar que, en el caso de que el niño se sienta mal en el ámbito escolar, el darle un medicamento sin  autorización de los padres es una transgresión de un límite. En el caso de roles asimétricos, la posición de mayor autoridad tiene la oportunidad de transgredir el acuerdo con más facilidad, por eso la ética profesional ampara a quien se encuentra en la posición más frágil. Recuerdo una ocasión en la que trascendió que en un jardín de infantes se daba un medicamento estomacal, la “Paratropina”, a los niños inquietos, porque ese medicamento tenía un efecto sedante. La prueba de que existe un contrato tácito es que esto indignó a los padres, a pesar de que no se había explicitado en el momento de la inscripción que no se daría medicamento alguno a los niños. A diferencia de la relación médico/paciente, el marco de reglas presupuestas en esa relación excluye esta posibilidad. En las relaciones asimétricas, una de las partes está en una posición de autoridad que es legítima siempre y cuando se respete el encuadre contractual que regula la profesión.  

Alguien podría objetar que la relación periodista/audiencia no involucra centralmente temas tan delicados como el de la salud. Quizás no la involucraba, pero actualmente sí lo hace de modo preponderante. Todas las personas en el mundo tomamos la decisión de vacunarnos o de no vacunarnos contra la Covid-19 en gran medida influidos por los mensajes de los medios de comunicación. La confianza que depositamos en los periodistas se basa en el presupuesto de que ellos son simplemente intermediarios.  El marco regulatorio y los límites están en este caso explícitos en la denominación de “medios de comunicación”. Se trata de facilitar, de abrir las plataformas mediáticas, de tal modo que la comunicación entre los integrantes de una sociedad fluya del modo más abarcativo posible. Además de todas las reflexiones a las que dio lugar la confesión de Gabriel Pereyra analizada en esta revista, en el momento en que, en calidad de “un profesional que ya no se cuece en el primer hervor”, expresó un arrepentimiento por haber ejercido “una censura despiadada”, se volvió explícito el marco regulatorio de la profesión. Si, por un lado, su posición en los medios le permitió seleccionar a las personas a quienes abrió su micrófono de modo arbitrario, la palabra “confesión” deja claro que se trató de una falta a la ética profesional. Hay aquí un reconocimiento de que la función de un periodista consiste simplemente en desempeñar el rol que su público le ha encomendado, es decir, el de ser un intermediario, un mediador, un medio de comunicación con la realidad. 

El abandono infantil: una orgullosa vergüenza del periodismo nacional

Voy a referirme al programa Polémica en el Bar, del día 5 de junio de 2022, al que concurrió como invitado el Diputado César Vega, en ocasión del Día Mundial del Medio Ambiente, porque este episodio televisivo mostró recientemente la punta de un iceberg que trajo a la superficie una discusión en torno a la vacunación Covid-19, que habitualmente está sumergida o que aparece en las entrelíneas de los medios. Es justo mencionar una excepción: la emisión de Esta Boca es Mía a la que concurrió como invitado el Dr. Hoenir Sarthou (abogado) y en la cual se le permitió expresar, aún si brevemente, un punto de vista nuevonormalmente excluido de las plataformas televisivas. Lo interesante fue que, en el caso de Polémica en el Bar, la polémica incipiente fue inmediatamente sofocada. Apenas el conductor del programa trajo a colación el tema de las vacunas, el grupo de participantes habituales unió fuerzas para no dejar pasar ni un argumento que cuestionara la total efectividad de las vacunas. Es cierto que el invitado mostró dificultades para desarrollar temas técnicos específicos relacionados con el efecto de ese tratamiento farmacológico. Sin embargo, también es justo recordar que el tema para el que había sido convocado había sido otro – el medio ambiente – un tópico sobre el cual Vega se desenvolvió con soltura. 

Me concentraré solamente en un momento específico, que es un emergente de lo que considero como un abuso reiterado del periodismo actual. Se trata de un intercambio puntual que puede bien ser calificado como un episodio vergonzoso para esa profesión. Creo que es justo devolverle a la periodista Patricia Madrid el calificativo que usó con respecto al invitado César Vega, por las razones que trataré de explicar ahora. 

La intervención a la que me refiero tuvo su punto culminante en la siguiente frase: “ha sido una verdadera vergüenza su actitud como legislador”, y el epíteto fue subrayado verbalmente por una pausa y una repetición: “una verdadera vergüenza”.  El tono severo de su voz grave resonó fuertemente en el silencio ambiental que su actitud inclemente produjo en sus contertulios hasta ese momento muy locuaces. Digo inclemente, porque Madrid parece haber perdido toda consciencia de que no estaban realmente en un bar, sino en foro de gran exposición mediática en el horario central, y que se le debe a todo invitado un mínimo de cortesía aún si no se comparte ninguna de sus ideas o propuestas. También olvidó que su programa lleva en su vociferante título la palabra “polémica”, lo que crea un encuadre que incita a que todo participante exprese con libertad sus puntos de vista. O tal vez, lo hizo por tener plena consciencia de que estaba en un medio en el cual ella es locataria, y en el que obviamente nada como pez en el agua. 

Quizás también  sabía que su tono, sus pausas, su uso de palabras insultantes como “una vergüenza; un error de la democracia….” podrían acallar y desconocer de modo definitivo dos preguntas que César Vega dejó sonando en el aire:

1 ¿Murió alguna persona por vacuna Covid en el Uruguay?

2 ¿Tenemos efectos adversos tan graves por aplicación de la vacuna por los cuales se encuentren postrados algunos jovencitos en el Uruguay con miocarditis?

El conductor evidentemente incómodo por esas interrogantes, recurrió a Patricia Madrid, y ella recurrió a su estilo auto-afirmativo, que parecía especialmente diseñado para avasallar el intento del Diputado de poner en tela de juicio el discurso hegemónico de la Ortodoxia Covid (Mazzucchelli), y para borrar de la faz del programa esas preguntas tan importantes. En medio de tanto discurso vacío, de tantas palabras huecas, celebro que al menos alguien haya logrado instalar en un populoso espacio mediático del horario central las preguntas que tantos nos hacemos.  Su evidente intención es proteger principalmente a los jóvenes que todavía pueden ser pasibles de vacunación.  Más allá de la posición de cada uno en este debate sumergido, son preguntas que probablemente le importan a todos y a cada uno de los miembros de su audiencia. 

El solo hecho de haber ignorado esas preguntas esenciales con soberbia constituye una falta flagrante de rigor periodístico. Pero el haber ignorado la invitación de César Vega para acompañarlo e informarse  sobre la situación de un niño “postrado”, aún si se tratase solamente de un niño, constituye una violación por omisión a la ética profesional del periodismo comprometido a informar sobre temas fundamentales para la sociedad. No creo que haya una persona en su audiencia que no se interese por la salud de un niño. Patricia Madrid y todos los periodistas que quisieran hacerlo tuvieron en ese momento la oportunidad de acompañar a César Vega a investigar el motivo por el cual ese y otros niños tienen afectada su salud luego de la vacunación, y nada menos que en su corazón. Pero no lo hicieron. 

Todos somos testigos de ese abandono brutal a los niños y adolescentes que deberíamos amparar. Nosotros también los abandonamos. Pero la diferencia es que las personas comunes contamos con el periodismo para obtener la información que nos permita protegerlos. Una actitud igualmente descuidada, aunque menos agresiva es la que adopta Lussich, cuando rechaza la convocatoria. Cuando Vega realizó esa apelación de modo reiterado: 

“Los padres de esos chiquilines te van a decir claramente que ese chiquilín que vendía salud está postrado, después de que recibió la segunda vacuna de Pfizer.” 

En ese momento, en lugar de desafiar a Vega con una pregunta médica: “pero decime qué le pasó”, la polémica debería haber cesado. Allí correspondía al menos una necesaria pausa para reflexionar sobre esa información inquietante, ya no debería importar quién gana la discusión: la prioridad debería haber sido el discutir sobre el mejor modo de buscar la respuesta a esta grave situación. 

Los periodistas no pueden, o mejor dicho, pueden pero no deben, priorizar la protección de si mismos, de su imagen. Tienen el deber ético de abrir el espacio para las buenas preguntas, para investigar, sobre todo si tienen la oportunidad que les ofreció el diputado Vega esa noche. No deben esconder su abandono detrás de una hábil estrategia, resumida en una frase vulgar: no hay mejor defensa que un buen ataque. Pienso que hay algo más que Patricia Madrid probablemente sabe: es injusto ese intento de avergonzar a Vega y a todos a quienes representa, no sólo como político. Sabe también que, para quien observa el programa con atención, se vuelve perceptible la verdadera razón para avergonzarse. Los padres, los maestros, se apoyan en los medios de comunicación para decidir si hay o no riesgo para sus hijos en esta vacunación. Quizás los periodistas aún estén a tiempo de amparar a algunos niños. Y quizás Patricia Madrid aún pueda evitar la traición de su rol como periodista, y rescatar a la verdadera periodista, a la investigadora valiente que ella lleva seguramente consigo. 

Mucho más que un juego (de roles)

En las relaciones interpersonales, no solamente ocupamos diferentes roles desde el punto de vista social: madre/hija; profesor/estudiante; maestra/alumno; hermana/hermano, vendedor/cliente, etc. Las relaciones humanas también conllevan la complementariedad de aspectos psicológicos: autoritario/sumiso; agresor/agredido; víctima/victimario. En el caso del episodio periodístico discutido aquí, pudimos observar el desarrollo de la relación anfitrión/invitado, por un lado, pero también el interjuego entre los roles de ‘defensores del bien público’ contrapuesto al rol de un completo y peligroso ‘irresponsable’. Esto se percibe en la frase siguiente: “Usted es responsable de promover medidas que van en contra de la salud pública”. Afirmarlo de inmediato empuja al destinatario a ocupar el rol de “un ser dañino”. Ella propicia un juego de roles complementarios: se auto-representa como la promotora de información por oposición al promotor de desinformación. Esa acción coloca a su adversario en el rol menos admisible. Sin embargo, mientras lo hace, ella se refiere lateralmente a la invitación que recibió para acompañarlo a interesarse por la situación de uno de esos niños, y lo hace con palabras evasivas pronunciadas con tono paternalista. Son frases entrecortadas que Madrid acompaña con un gesto de su mano de apartar de sí el tema de los niños afectados. Dibuja así en el espacio de la pantalla su manifiesta intención de desvincularse de ese asunto: 

“Usted no ha demostrado lo que está diciendo vinculado con los jóvenes o niños que se han visto afectados por….eh… como consecuencia…. digamos… que hayan quedado como consecuencia afectados por la vacuna contra el Covid. Ud. no ha demostrado nada de eso…”

Algo muy llamativo es que César Vega podría haber rebatido esas acusaciones, solamente basándose en lo que él ya había dicho. Por un lado, podría haber repetido la invitación a los allí presentes a informarse directamente sobre la situación de esos niños, a quienes él dijo tener acceso. Solamente con ese planteo, él podría haber revertido la distribución de roles en la que se vio atrapado, mediante el  rechazo del rol que la periodista le atribuyó. También podría haber explicado de dónde obtuvo la información sobre el efecto de las vacunas en los Estados Unidos; era suficiente  explicar que el “VAERS” es el sistema de registro de los casos reportados de efectos adversos de las vacunas en ese país (Vaccine Adverse Event Reporting System), y que el “CDC” es una agencia gubernamental, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (Center for Disease Control and Prevention). De haberlo hecho, de haber explicado el significado de esas iniciales, Vega hubiera expuesto la ignorancia de los periodistas sobre el tema, en vez de limitarse a expresar verbalmente su carencia repetidas veces, que es una estrategia más débil. 

Una hipótesis que puede explicar por qué no lo hizo es que la renuencia de Vega a proveer esa información, luego de la intervención de Madrid, no se debió a ignorarla,  ni a una dificultad de tipo retórico, sino al hecho de que, en  general, es muy difícil resistir a esa modalidad de pulseada dialógica. Cuando alguien busca colocar a otra persona en un rol complementario moralmente cuestionable, este movimiento argumentativo conlleva un desafío que no es solamente intelectual. Se trata de un ataque velado que para su defensa requiere una resistencia de tipo emocional. No se trataría ya de un intercambio de epítetos, sino de un juego de roles entre quien se vanagloria de auto-atribuirse un rol de promotor del bien, en oposición a otra persona que, en función de esa actitud, queda necesariamente ubicada en el lugar del mal. Alma Bolón propone la expresión “buenismo destructivo”, que creo puede servir aquí para ilustrar el efecto de este juego de roles complementarios, que puede dejar momentáneamente sin respuesta a una persona. La reiteración estereotipada de las posiciones involucradas podría volverse rígida y perpetuarse en el tiempo. Resulta muy difícil  intentar una autodefensa, porque una vez instalado en el rol negativo, la actitud defensiva puede aparecer ante la audiencia como una forma de reforzar el rol que se le ha atribuido. 

Esta dificultad la hemos experimentado muchos de quienes somos colocados en el rol negativo: negacionista; ultraderechista; anti-vacunas, irresponsable, descuidado, etc. La carga emocional que acompaña esta atribución es difícil de rechazar sin perder la templanza. 

En el caso de aquellos que, para gran parte de la sociedad, estamos ubicados en el rol dañino, creo que el debate más importante tiene lugar en nuestro interior. Se trata de resistir, de no dejar que quien duda de nuestra identidad se instale en nuestro mundo interno, y atropelle la confianza en nosotros mismos. Para eso es importante recordar que la violencia destructiva no está en nosotros.  

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