ENSAYO

Por Mariela Michel

Debe de haber pocas cosas en el universo tan delicadas como el desarrollo identitario infantil. Es necesario asumir la responsabilidad que tenemos los adultos en esa dimensión del desarrollo, antes de hacer intervenciones que puedan tener consecuencias graves para el futuro de una persona. Hace ya varios años que las teorías psicológicas comenzaron a darse cuenta de que la identidad emerge siempre dentro un marco relacional y de un proceso evolutivo. Por eso, es fundamental que los adultos entendamos lo importante que somos para los niños y para su vida futura.  Desde sus inicios, el psicoanálisis se dio cuenta de que las relaciones primarias eran cruciales para la estructuración del psiquismo de un ser humano. Al principio, Freud las denominó “relaciones de objeto”, pero luego, a partir de los aportes de Fairbairn y otros, fue tornándose más claro que ese término, ‘objeto’, no permitía comprender cabalmente la naturaleza interpersonal del desarrollo identitario. Ya lo explicó Mafalda, el personaje del humorista Quino, en una oportunidad en que su madre, agotada de sus incansables cuestionamientos, quiso poner fin a sus interrogantes aludiendo a algunas prerrogativas que su rol le confiere: “¡¡porque te lo ordeno yo que, soy tu madre!!”.  Claro, esa hacendosa señora, cansada de preguntas, no contó con que su hija era especialista en quedarse con la última palabra. “¡¡Si es cuestión de títulos, yo soy tu hija!!¡y nos graduamos el mismo día! ¿o no?”, le respondió con su característica sagacidad la niña. Esa frase sencilla, “nos graduamos el mismo día”, explica mejor que cualquier argumentación teórica, la dinámica de las relaciones de roles: no hay madre sin hija, ni hija sin madre y el modo de ser de cada una de ellas es inseparable del modo en que se va dando esa relación. 

Eso es igual para todos los vínculos: padre/hijo o hija, siempre un rol tiene en el otro extremo de la graduación, un rol complementario. De un modo no muy diferente al de aquella niña dibujada y locuaz, la teoría de J. L. Moreno, el fundador del método psicodramático, es útil para entender que nos desempeñamos en roles aún antes de tener un yo, o dicho literalmente, aún antes de que haya emergido un self. El self es el resultado de un giro reflexivo de la consciencia. Cuando Moreno observó el desarrollo infantil, desde su perspectiva psicodramática, se dio cuenta de que no son los roles que surgen del self sino lo contrario. Pero ese giro reflexivo es inseparable de nuestro ser en relación.  Los primeros vínculos dejan una marca profunda, para bien o para mal, en la persona. Eso no quiere decir que sean determinantes para la identidad de modo definitivo o irreversible, pero sí que vamos a convivir y a dialogar con esas presencias en nuestro mundo interno durante toda la vida. Sobre esa base decidimos de modo autónomo qué tipo de ideales queremos que guíen ese ‘ir siendo’ que siempre somos. En otras palabras, lleva un proceso largo y de algún modo nunca completo del todo el  self (sí mismo) es un proceso dialógico que no termina nunca. 

No es necesario haber estudiado psicología, para haber escuchado hablar sobre “el estadio del espejo” y sobre su función en el desarrollo identitario. Especialmente, luego de que Lacan describió esa etapa con enorme meticulosidad, quedó claro que, desde ese momento en adelante, será siempre, en gran medida, en el rostro de los demás que vamos a encontrar la materia prima para ir dándole forma a esa imagen multifacética, a veces contradictoria, pero siempre evolutiva que tengo de mi mismo.  Para aplicar un término que está actualmente en la base de algunos programas de educación sexual infantil con énfasis en la perspectiva de género, será allí, en el cuerpo ajeno, donde vamos a encontrar fragmentos iniciales de lo que nos es más propio: la ‘autopercepción’. 

El prefijo ‘auto’ es el que nos permite afirmar que hay un movimiento reflexivo de la consciencia, en la percepción de nosotros mismos, o como considero más adecuado denominarlo, en ese interminable ‘proceso de auto-interpretación’. La percepción siempre va de la mano de una mediación de signos, por eso toda percepción incluye también una interpretación. Quizás sea porque estamos en la era posmoderna, que el término usado actualmente es ‘autopercepción’, y no ‘introspección’, como propuso Descartes aquel famoso día -o aquella tardecita muy fría- cuando él se sentó cómodamente a pensar frente a una acogedora estufa. Quizás aquel filósofo incansable no se percató de que estaba en condiciones muy artificiales, lo que lo puede haber llevado a cometer lo que luego algunos especialistas en neurociencia consideraron “El error de Descartes” (Antonio Damasio). ¿Podría alguien estudiar algo tan importante como la autoconsciencia de seres humanos sociables por naturaleza, aislado en una habitación, y con una estufa (Blackburn) diseñada para acallar lo que sus sentidos le podrían bien informar sobre el crudo entorno invernal? Quizás por eso, Descartes se refirió a una mente pensante aislada del ámbito social y del propio cuerpo.  Pero hoy creo que ya no nos cabe duda de que cada sonrisa que le dedicamos a un niño será para él o ella un pilar más en el que se apoyará su pensar sobre si mismo. De eso depende en buena medida la consciencia de su existencia y su bienestar interior durante mucho tiempo. 

¿Quién soy, qué soy, o cómo soy? Estas son preguntas que se hacen y que nos hacen los niños cotidianamente, interrogantes que, los adultos sabemos, nos seguimos haciendo durante toda la vida y que no terminamos de responder a ciencia cierta jamás. Pero cuando somos niños, la mirada y la voz de los adultos en quienes confiamos constituyen la base en la que se apoyará el vínculo que tendremos con nosotros mismos, por largo tiempo. 

Un niño que se autopercibía “torpe”

Esta breve viñeta clínica nos puede servir para comprender la gravedad de lo que podemos hacer, si no tenemos en cuenta la naturaleza relacional de la identidad y su relación con el cuerpo. El hecho de que ésta sea relacional no significa que no sea también individual, porque el sujeto con su huella digital única es parte de la relación. Afirmar que el rol complementario, en el caso de Mafalda, en la expresión “tu madre”, influye fuertemente en la dinámica de la relación, no excluye que la hija, con sus características propias, muchas de ellas innatas e incluso biológicas, no influya igualmente en esa dinámica vincular. 

Muchos padres sabemos que no somos los mismos padres con cada uno de nuestros hijos, no somos ni mejores ni peores padres, somos distintos, porque siempre nos encontramos con un ser nuevo e irrepetible.  La propuesta aquí es focalizar, poner el lente en el espacio interpersonal, que involucra a las personas en relación. Pero ¿qué sucede cuando nos encontramos con un niño que tiene una autopercepción que difiere con el modo en que yo lo percibo? Según algunas teorías actuales, debemos guiarnos pura y exclusivamente por lo que el niño o niña nos dice sobre su identidad. Por ejemplo, nos encontramos con un niño o incluso con un adolescente que dice auto-percibirse de un modo diferente al que yo lo percibo. Muchas teorías actuales afirman que el derecho del niño es a no ser contradicho. Las inevitables preguntas que surgen son: ¿es esto lo mejor para el niño?  ¿no debe realmente ser contradicho? ¿se trata del derecho a la verdad? ¿pero existe la verdad en un tema tan personal como es la identidad? El tema es muy complejo, pero la relevancia que tiene, y el rol fundamental que ocupamos todos los adultos en el desarrollo infantil nos exigen que reflexionemos sobre él.  Dediqué los cuatro años de mi doctorado a estudiar el proceso autointerpretativo, y son algunas de las conclusiones extraídas de esa investigación las que aplicaré aquí para entender a este niño concreto y, espero, a aquellos que hoy se encuentran en un estado que, retorna al problema cartesiano, que llevó tantos años atrás al desencuentro entre nuestra mente y nuestro cuerpo.   

Voy a argumentar aquí que todo niño tiene derecho a que le digamos la verdad, a que le devolvamos lo que de él o ella percibimos, porque en el reflejo que les devolvemos, se juega gran parte de su armonía interior. Veamos un ejemplo, como base para el intercambio con respecto a un tema sobre el cual nunca está todo dicho. 

En un centro recreativo para niños en edad escolar, un grupo pequeño distribuido en diferentes mesas que reunían subgrupos en torno a diversos juegos de mesa, se entretenía de modo tranquilo y concentrado. Bueno, no todos tenían esa calma. Uno de los niños corría entre las mesas, y entre risas iba manoteando fichas o moviendo tableros por donde pasaba. Aunque no era un niño agresivo, su actitud logró terminar con la paciencia de varios de sus compañeros, que se embarcaron en forcejeos corporales. El niño a quién llamaré Leo era candidato a ser expulsado del salón y también desde hacía un tiempo, su nombre estaba en la lista de los niños que recibirían una reducción horaria para aliviar la tares de las educadoras. La psicóloga que estaba por allí se adelantó a actuar con una intención que tenía pocas probabilidades de éxito. Ella quería evitar que ese niño recibiera su merecido. De algún modo, ese lugar esperaba el castigo por sentir que eso era merecido, ya que la situación sacaba de quicio aún a los más pacientes. La psicóloga recurrió a lo que tenía a su alcance, un discurso que poco consiguió calmarlo, hasta que atinó a decirle algo que le pareció poco adecuado, pero que dio en el

blanco: “pero tú también podés jugar, tú sos inteligente”. Leo se detuvo en seco, la miró a los ojos y le respondió: “¡Nooooo, yo no soy inteligente!” Lo dijo con un tono de gran sensatez, como si le estuviera diciendo, estás loca, ¿de dónde sacaste ese disparate? Pero, claro, eso él no lo dijo. Lo que Leo en realidad agregó fue lo siguiente: “Inteligente es mi hermano……yo soy torpe.”

Y allí ante los ojos asombrados de la psicóloga, Leo le dio una información crucial sobre sí mismo, digamos casi literalmente servida en bandeja. ¿Pero qué hacer con esa información en ese preciso momento? Ese era claramente el modo en el que Leo se ‘autopercibía’. Lo dijo con la mayor convicción, no le cabía la más mínima duda de que eso era así. También era cierto que el modo en el que las piezas de los juegos quedaban desparramadas por doquier eran compatibles con un niño torpe. Decirle que era inteligente nuevamente parecía descabellado. Leo definitivamente no lo iba a aceptar. Es cierto que se percibía a si mismo como un niño torpe, y por eso actuaba como tal. ¿Acaso no tenía él derecho a que se le respetase su autopercepción? ¿O debía prevalecer allí su derecho a saber cómo la psicóloga lo percibía verdaderamente?

La psicóloga optó por lo segundo. Entonces se preguntó ¿cómo lo percibo yo realmente? Era claro que no estaba actuando de modo inteligente…. tampoco agresivo…. Sin embargo, su actitud no se debía a la torpeza, porque su accionar era deliberado. De repente, la imagen de ese niño corriendo entre risas le dio una clave: “a mí me parece que lo que tú estás haciendo son bromas.” El niño asintió del modo en que lo hacen generalmente los niños. Le preguntó: ¿puedo ir a tu salón a dibujar? Así fue que apareció en la hoja que le dio en ese otro espacio la pequeña imagen de Leo torpe, luego una muy grande de Leo bromista, finalmente luego de un rato de intercambios, apareció un nuevo rol … ¿una nueva identidad?, la de Leo arreglador. Esta era mucho más cercana a la inteligencia, o al menos a la habilidad. Y además fue algo que, sin lugar a dudas, lo dejó muy contento. Luego, con una sonrisa, rodeó a todas esas versiones de Leo en un círculo en el cual escribió la palabra “yo”. Aliviada, la psicóloga se preguntó: ¿qué hubiera pasado si su autopercepción de niño torpe hubiese sido confirmada por ella misma, o por una penitencia o un rezongo adulto? La riqueza del proceso identitario, del proceso autointerpretativo de Leo hubiese sido abruptamente bloqueada.

Imagino que varios lectores podrían aquí argumentar que eso no tiene nada que ver con la autopercepción de género, tan discutida hoy, porque en este caso se trata de un autoconcepto negativo, en el caso del género, no lo sería, en cambio. Parecería que, desde el punto de vista de la autoestima, es lo mismo autopercibirse como varón o como niña. 

El lugar de la verdad en la autopercepción o en los procesos auto-interpretativos

El encuentro con la verdad es siempre liberador, aún si fuera solamente por la verdad en sí misma, sin que eso traiga ningún otro beneficio o ventaja. Eso lo saben muy bien los familiares de desaparecidos, quienes solamente tienen esperanza hoy de encontrar la verdad, ya que a sus familiares no los recuperarán. ¿Existe la verdad en el tema de la identidad? ¿Es la identidad una construcción arbitraria y exclusivamente individual? Y aquí otra vez debemos escuchar a Leo. 

Cuando la psicóloga le dijo que lo que él estaba haciendo eran bromas, eso tuvo para él un inconfundible sabor a verdad. Era claro para ambos que no se trataba de algo que ella le dijo para gratificarlo solamente. No era una interpretación arbitraria, no era una pura construcción, como lo hubiese sido el haberle dicho “yo te percibo como inteligente”. En contraste, la autopercepción de Leo como un niño torpe, parecía tener menos contacto con la realidad, parecía ser un emergente de las relaciones familiares y del modo en el que, en ese entorno, se distribuían los roles fraternos. ¿Pero esa distribución, reflejaba la verdad sobre la identidad de ese niño? Lo que me lleva a afirmar que no era verdad es que nada en la actitud de Leo fundamentaba que había allí torpeza. No se lo veía tratando de jugar con los demás sin lograrlo por falta de habilidad manual, por ejemplo. Si la interpretación hubiese sido arbitraria, probablemente hubiera tenido poca resonancia en Leo. La identidad Leo bromista, surgió de una observación de su cuerpo en movimiento, de una percepción de la realidad en la base de la interpretación: “Yo creo que tú lo que querés es hacer bromas.” Cuando algo es verdad, nos damos cuenta enseguida. La psicóloga no hubiera podido construir una identidad para Leo por arte de magia, pero si podía observar cuidadosamente, y reflejar lo que observó con convicción. 

La autopercepción de género y los mensajes confusos de los adultos

No es cierto que podamos construir nuestra identidad a nuestro antojo, sin ningún apoyo en lo real. Si eso fuera posible, todo sería muy fácil, pero no lo es. Ni Leo ni nosotros podíamos construir una identidad de niño inteligente, porque en ese momento, Leo se autopercibía con convicción como un niño torpe.  No sabemos con claridad cómo llegó a esa identidad tan fuertemente asentada en él, a pesar de su corta edad, de sus ocho años recién cumplidos. Pero no es difícil pensar que surgió de su relación familiar, en la que los roles de los hermanos estaban nítidamente distribuidos, y que eso condujo a un círculo vicioso de comportamientos que reafirmaban esa autopercepción, y lo hacían a través de la respuesta de los padres. No siempre es positivo darle a una persona la razón. De allí el dicho popular que rechaza la arbitrariedad: “no me des la razón como a los locos”. Muchas veces es necesario que alguien nos diga que no tenemos razón. En el caso de Leo, era claro que, en su autopercepción, él no tenía razón: su cuerpo no exhibía torpeza. Sus risas exhibían un sentido del humor, que estaba teñido de nerviosismo, es cierto, y, por eso, no era totalmente adecuado en ese entorno, pero era un sentido del humor al fin. 

Sin el lenguaje del cuerpo, los niños no pueden hablar. El lenguaje infantil es corporal desde su médula. Nunca podemos darle la razón a un niño que nos dice que está alegre, si, por ejemplo, su cuerpo exhibe ante nuestros ojos la imagen de la languidez más absoluta. Créanme que cuando un niño está realmente triste, es cuando más difícil le será decirlo, e incluso pensarlo. Los adultos estamos allí para reflejarlos, no solamente a partir de lo que nos dicen, sino en base a su sentir más profundo que siempre está inscripto en sus cuerpos. Por otra parte, ellos no están exentos de expresarse por medio de síntomas físicos. Al contrario, su forma de hablar casi siempre toma el atajo corporal de los síntomas. Como mostró Leo, su lenguaje verbal está fuertemente influido por el entorno social, por los relatos, por los mitos familiares, en los que muchas veces los niños quedan atrapados. Inseparable de su ser social, su naturaleza biológica es más relevante durante los primeros años de vida, porque es su cuerpo el que los guía a buscar el olor de su madre – en el sentido amplio del rol materno. Es su cuerpo el que segrega hormonas sedantes cuando escucha el sonido de una voz cálida, y siente una mirada atenta.  Cuando el bebé se vuelve móvil, es el cuerpo, sin que nadie le dé ninguna señal verbal, el que desarrolla un miedo a caerse que lo protege de acercarse a un precipicio desde su interior, desde el centro de su naturaleza biológica. Los niños merecen que respetemos sus derechos. Me pregunto: ¿está entre sus derechos que decidamos los adultos, desde una teoría, desde una ideología, desde una perspectiva de género, que sólo importa lo que la mente construye? El desconocimiento de una parte crucial de lo que los constituye desde su biología y de su funcionamiento hormonal puede resultar en una peligrosa escisión psíquica. Los adultos no tenemos derecho a formular una teoría que desconozca o niegue un aspecto crucial de la realidad que los constituye. 

Así como en el caso de Leo, si ratificamos una autopercepción y atendemos sólo a lo que nos dice a través de su lenguaje verbal, el riesgo de que el niño se fije en una sola identidad de ‘niño torpe’ es muy grande. En ese caso, le privaríamos de la posibilidad de un desarrollo pleno, de poder explorar diferentes identidades: Leo bromista, Leo arreglador y quién sabe cuántas más. 

El crear una teoría que desvaloriza el rol de la biología implica ignorar una parte muy importante del niño. Desconocer su naturaleza biológica es interferir en su desarrollo a través de una mutilación. En algunos momentos y por razones que desconocemos, puede suceder que su cuerpo y su mente se desencuentren. Pero nosotros no tenemos derecho a elegir cuál de ellas es válida, y a devolverle el reflejo de su desarrollo identitario solamente a través de una de las partes. Ya desde la imagen en la ecografía percibimos algo que se nos impone. En el nacimiento, sea lo que sea que deseen los padres, la naturaleza sexual se les impone. Si no comunicamos lo que percibimos, estamos faltando a la verdad.  Ninguna persona puede ser feliz, si una parte de su ser está ignorada, separada, mutilada. Nuestro deber es escucharlos, escuchar su palabra sí, pero también su lenguaje corporal. Nuestro deber es preservar su integridad de todas las formas posibles, para que el universo proteico de sus identidades en desarrollo pueda manifestarse.

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