PORTADA

Por Aldo Mazzucchelli

La necesidad de abandonar buena parte de las viejas categorías de pensamiento para mejor comprender el presente se está convirtiendo en una cuestión de supervivencia.

Escribo esto el sábado 23 de abril al atardecer, luego de concurrir a un evento en donde tres o cuatro personas contaron sus -exitosas- experiencias de trabajo y vida rural. La mayoría de ellos habían comenzado sin prácticamente antecedentes de vida o trabajo en el campo, y hoy son modelo e inspiración para gente de todas las edades que, de modo creciente, busca ese camino. Yo mismo lo empecé junto a mi hermana hace casi veinte años, y no ha habido un minuto de ese tiempo en que nos hayamos arrepentido de aquella decisión tomada en 2004. 

¿Qué tiene que ver esta opción con el panorama global, y por qué digo que es cuestión de supervivencia? La respuesta corta es: todo converge hacia una serie de opciones que involucran el tipo de vida que uno va a elegir tener -si las circunstancias se lo permiten- en los próximos años. Esa decisión involucra dónde vamos a vivir, cómo vamos a construir nuestra sociabilidad, nuestra seguridad básica, nuestro crecimiento económico. 

Pensar que los próximos años van a ser más o menos iguales a lo que hemos conocido en el último siglo, creo que es parte de pensar con categorías desajustadas y que agotaron su vida útil. A mi alrededor veo mucha gente, de hecho posiblemente sea una mayoría, que está comenzando a percibir un desajuste, un ruido, una “disonancia cognitiva”. Pero no es suficiente, porque el tiempo de tomar decisiones estratégicas -dónde voy a vivir; qué voy a comer; cómo voy a educar a mis hijos; qué voy a hacer con mi dinero- se está acelerando extraordinariamente. Pero la información pública, lejos de ayudar, parece diseñada para conservar las viejas categorías, o para proponer unas nuevas que están desajustadas por varios órdenes de magnitud, no solo a veces porque son viejas -refritos apenas disimulados de “izquierda versus derecha”, por ejemplo-, sino sobre todo porque ponen el énfasis en lo que no importa nada, y que incluso probablemente mañana ni siquiera va a existir: el menú de entretenimiento idiota de siempre, la agenda LGBTQ+, o las obsesiones de una elite completamente desesperada en su desvío y alejamiento de todo lo básico, natural, productivo, real. 

Pese a todas las denuncias hechas sobre los medios y pese a que vienen perdiendo legitimidad y credibilidad a una velocidad hipersónica, éstos siguen insistiendo, ya casi psicóticamente, con el menú habitual de violencia y mentira. Convocan “expertos” de pacotilla, que en realidad son funcionarios de diversas corporaciones interesadas en cualquier cosa menos en una verdad científica, técnica o filosófica. Plantean ejes de debate que no tienen la más mínima relevancia, al tiempo que se esquiva continuamente -me refiero en esto particularmente al Uruguay, donde vivo- cualquier discusión estratégica, cualquier planteo respecto de qué va a hacer el país en cuanto a su posicionamiento ante lo que parece estar pasando en el mundo: la consolidación de más de un bloque geopolítico, y el fin de la unipolaridad norteamericana. 

(En el curioso caso de Uruguay, creo que el país está de cualquier forma bien posicionado respecto de ese futuro que se viene, pero poder aprovechar eso que viene depende, a nivel individual o familiar, de decisiones a tomar ahora.)

¿Por qué pensar con viejas categorías es lo que lleva a una situación potencialmente peligrosa aun para la supervivencia? En general el problema es que las categorías que empleamos, los conceptos en los que sintetizamos la nueva experiencia e información, son como un par de lentes. Imaginemos que no tenemos más remedio que usar lentes para ver. E imaginemos que los lentes que tenemos están tan sucios o gastados que distorsionan el mundo hasta el punto en que ya no vemos otra cosa que sombras vagas, amenazas de un lado que de hecho vienen de otro, colores borrosos que nos confunden y nos hacen gastar energía y tiempo en falsos debates y en hábitos inconducentes. 

Un conjunto de ilustraciones sobre lo que tengo en mente ayudará a describir mejor. 

Muchas personas siguen empleando categorías políticas pertenecientes a un tiempo que se fue. Con ocasión del conflicto en Ucrania, instruidos por los medios de comunicación masivos del mundo atlantista, muchos aun piensan que el conflicto consiste -como dice el departamento de prensa de la Casa Blanca- en “una agresión completamente inmotivada“. En consecuencia, puesto que o bien ignoran la historia reciente y anterior del mundo, de Europa, de Rusia, y de Ucrania, siguen la lógica conclusión de la Casa Blanca: Putin solo puede ser un sociópata criminal, y el conflicto solo puede admitir una mirada, que en lo fundamental consiste en adoptar una posición de superioridad moral, y cancelar cualquier información que la ponga en riesgo. Esto es lo que uno ve si se asoma a las cloacas llamadas “zona de comentarios” en los periódicos masivos. Esta parte de la población considera, desde luego, que cualquiera que no repita los dogmas de la Casa Blanca es un agente de Rusia o alguien que “está en contra de la democracia y la libertad”.  

Otras personas siguen empleando las mismas categorías políticas de un tiempo que se fue, pero al revés. Son, por ejemplo, muchos comunistas o ultraderechistas que siguen creyendo que Rusia es -salvo detalles cosméticos- la Unión Soviética. Entonces, en alarde de anacronismo, se volcaron a apoyar a Rusia o a atacarla, porque en realidad siguen peleando las mismas guerras a que les obligan las categorías terminalmente apolilladas que aun albergan. Unos piensan que quizá si Rusia avanza en el conflicto, lo que ocurrirá será un impulso positivo hacia el socialismo, y no les molestaría incluso que Rusia tuviese una actitud imperialista e intentase anexarse de nuevo parte del viejo imperio soviético. Otros tiemblan ante esa posibilidad, y recuerdan que el Oso Ruso secuestrará sus niños y los llevará a Moscú, o al gulag. Se conduelen de los supuestos asesinatos políticos rusos, de los que se han enterado por la CIA o leyendo libros de “disidentes” convenientemente premiados por los premios occidentales controlados por la CIA -la que como todos sabemos no existe, y es una teoría conspirativa-. Y consideran que en Occidente nada de eso pasa, que la elección norteamericana de 2020 ha sido limpia, y que la de 2016 fue en cambio intervenida -obviamente, por Rusia-. Lo que más les preocupa es averiguar cuando pueden ir a “darse la cuarta”.

Muchos siguen pensando -de ambos lados del espectro- en términos de “democracia” versus “autocracia”, y otros consideran que hay una civilización occidental basada en la libertad individual, el liberalismo político, la prensa libre y la libre empresa, y que este sistema virtuoso está en peligro debido a que hay un mundo autoritario representado por Rusia y China, que quiere terminar con ese sistema occidental antes descrito. 

Esta postura sólo puede mantenerse si uno considera que en Occidente hay elecciones libres, libertad de prensa, libertad de expresión, control del poder, y sistemas educativos que busquen educar en el pensamiento libre. Y, en consecuencia, una porción importante de ciudadanos capaces de pensar por sí mismos y elegir conscientemente a sus gobernantes. Y un sistema republicano donde la separación de poderes y el funcionamiento de los mecanismos de control del poder funciona.

¿Quién puede hoy pensar eso, salvo que sus lentes -es decir, sus categorías- hayan quedado ancladas hace 20, 30 años, o más? Tampoco es soluble con la palabra “autocracia” lo que pasa en Rusia, ni lo que pasa en China -dos cosas distintas. Con el etnocentrismo característico del universalismo “liberal” -cuya contracara es el fanatismo de “respeto (hipócrita) a la diversidad”, tan racista y culpógeno como lo es el etnocentrismo originario- la ideología de Occidente solo puede formular al otro oriental en sus propios términos. Es decir, distorsionarlo para que termine siendo siempre una versión defectuosa o maligna de unos principios considerados los únicos válidos para todos los seres humanos. 

¿Cuál es el principio rector de una vida en sociedad virtuosa? Para mi, se trata de obtener una sociedad donde la mayor cantidad de individuos sientan que su vida, su esfuerzo en pos de las tareas que inevitablemente vienen con la vida en sociedad, tienen sentido, y que por tanto un poder y unas leyes que organicen y dirijan esa sociedad es legítimo. La legitimidad no puede venir de un sistema de normas abstractas, sino de esa sensación colectiva de propósito. 

Desde luego, no debe confundirse ese logro con la existencia de un sistema político cualquiera. Los sistemas políticos son medios para un fin que es el desarrollo del potencial de cada ciudadano. ¿Qué sociedades, hoy, tienen ciudadanos con un sentido de propósito más claro, un entusiasmo y compromiso por la tarea colectiva más fuerte y resistente? Dejo al lector con esa reflexión abierta. La prensa masiva no la contestará, ni la contestarán los políticos locales, que en su conjunto parecen ni sospechar que el mundo exterior está convirtiéndose en otro mundo a toda velocidad. Y no la contestarán porque, en lugar de buscar la verdad, se han convertido en oficinas de propaganda de los distintos poderes e ideologías generalizadas que las controlan discursivamente y, a la vez, las financian. Pero cuidado, porque al admitir entrar en el juego de cobrar para pensar, lo que un ser humano hace es venderse. Es decir, entregar lo que lo hace humano a cambio de dinero o una cuota de poder. ¿Qué es eso que lo hace humano? No es su tiempo, ni es su cuerpo. Es ese componente que nació para ser propio de lo uno, y por tanto se resiste a ser puesto al servicio de lo otro.

Cuando hablamos de categorías caducas, pues, estamos diciendo que el punto de decadencia al que ha llegado la “sociedad occidental”, especialmente en sus zonas centrales, es de tal magnitud, que en todos los ámbitos importantes de su existencia sería beneficioso que se hiciese una urgente pregunta, de raíz kantiana: ¿estamos considerando a los individuos de esta sociedad un fin en sí mismos, o los estamos considerando medios para fines ajenos a ellos?

Creo que la respuesta está escrita delante de cada uno que piense en la pregunta, y comience a mirar como funciona la prensa, la educación, la justicia, el empleo, las finanzas…

***

Ni Rusia, ni China, ni Estados Unidos, ni Europa, ni el dólar, ni la izquierda y la derecha, ni los nazis y los liberales, ni el “mundo liberal pos caída del muro”, ni la “globalización”, ni la “Agenda 2030”, ni democracia, ni liberalismo, ni autocracia. Ninguna de esas categorías de pensamiento se conectan ya con lo que está pasando, y todas están en un proceso acelerado de derretimiento. Es preciso dejar de usarlas a todas en sus sentidos tradicionales y someterlas a crítica. O al menos, dejar de invocarlas en piloto automático como si refirieran a lo mismo que antes. 

La prensa funciona mal, porque sigue creyendo en tales categorías caducas, e intentando representar lo que pasa a través de ellas. Quieren poner un tornillo usando una esponja. El mundo que está surgiendo está reflejado en los conflictos cognitivos que se representan mejor en una crítica a las categorías -esa es, precisamente, la labor del ensayo como género-, y una suspensión del juicio moral sobre quién es “bueno” y quién es “malo”, y demás infantilismos con los que poderes nada desinteresados siguen intentando tomar a los ciudadanos como medios para sus propios fines. 

Mientras escribo y usted lee se está produciendo un reacomodamiento vertiginoso. Y como no tenemos claro el carácter terminalmente ruinoso de nuestras viejas categorías, pensamos que en Ucrania se está enfrentando la libertad occidental contra el despotismo ruso. Creemos que “la agresión de Putin es injustificada”. Creemos que los que usan escudos humanos son los rusos y no los neonazis ucranianos. Creemos que no hay neonazis, incluso, y que si los hay jamás podrían ser aliados de los Demócratas Europeos y Norteamericanos. Creemos que las sanciones están derrumbando a Rusia -en lugar de estar preparando la hecatombe de Europa y el deceso del dólar y del bienestar norteamericano-. Creemos que los planes de la “agenda 2030” están motivados en principios sanos, y que apoyarlos traerá al mundo el tipo de soluciones que sus promotores dicen. Creemos que la ideología del “cambio climático” es la clave para solucionar los muy reales problemas ecológicos que tenemos. Creemos que la familia es una antigualla sin sentido. Creemos que la vida privada puede ser sustituida sin costo por una nueva vida completamente pública en redes sociales, una vida que se ha resumido a la representación de unos pocos aspectos de la vida, y que termina siendo plana como la pantalla. Creemos que el “gran reseteo” es inexorable debido a que sus partidarios son quienes manejan -publicitaria e ideológicamente al menos- la tecnología. Creemos que los regímenes políticos distintos de los occidentales son esencialmente antiguos y no pueden tener éxito y generar sociedades de alguna forma mejor adaptadas al presente y al futuro. Creemos que la fórmula del Occidente último -entretenimiento + tecnología- dará la respuesta fundamental a los problemas del sentido y de la metafísica. 

Y puesto que creemos todo esto, estamos viendo como el mundo se retira bajo nuestros pies sin tomar ninguna decisión, pensando que lo que está ocurriendo es “una crisis más”, “una guerrita lejana más”, y que Estados Unidos se levantará como siempre victorioso y que Europa seguirá siendo eterna e igual a sí misma, faro de la cultura y modelo de toda la humanidad. No tomamos ninguna decisión, ni nos reconectamos con la tierra porque estamos demasiado ocupados leyendo al político de facción A hablar mal sobre la facción B, o porque es cómodo y todo nos llega fácil al dormitorio, y ya no nos interesa ni le damos valor ni distinción en el discurso público al sector primario, a quien produce, a quien conoce los secretos de la tierra y la naturaleza. Todo eso es algo que hemos enviado a los países que se preocupan con el sector primario (y secundario). Entre ellos China, y Rusia. 

Y como no hacemos nada, y no reconectamos con nuestra propia tierra y nuestro pasado local -que de sector primario sabe muchísimo- China y Rusia serán quienes, probablemente, se harán cargo de todas aquellas cosas de las cuales nuestra existencia, y su sentido posible, depende.

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