PORTADA

Por Alma Bolón

Pronto se cumplirán tres años del desembarco en Montevideo de la cruzada anti fake news. En aquel invierno de 2019 la operación de salvataje de la verdad, realizada localmente por los medios de comunicación masiva y por la Udelar, incluyó la presentación por parte de la embajada francesa de un libro que, supuestamente, proporcionaba las bases filosóficas que permitían distinguir las fake y la pura verdad (y alguna inocente e inevitable mentirijilla, como la de Colin Powell asegurando que el frasquito que exhibía ante el Congreso estadounidense contenía armas químicas iraquíes que justificaban la invasión y su millón de  muertos ajenos).

Lejos se estaba entonces de atisbar lo que vendría. La cruzada anti fake news parecía formar parte de la batalla electoral planetaria, la que incesantemente seguía dándose contra Donald Trump y contra Jair Bolsonaro, la que preocupaba en Francia por los resultados de mayo de ese año para el Parlamento Europeo, la que inquietaba en Uruguay por la inminente elección presidencial. 

Entonces, lejos estábamos de imaginar lo que retrospectivamente luce como una gigantesca operación de legitimación de los medios de comunicación, de los tiburones y de la majuga seguidora, que embanderados con “la verdad” quedaron acusando de trumpista, bolsonarista, facho, complotista, oscurantista, terraplanista y asesino en serie a todo aquel que hablara fuera del dogma. 

Con complot o sin complot, sucedió que meses después de aquella embestida pro oficialización de “la Verdad”, en marzo de 2020, buena parte de la opinión pública había dimitido de la actividad de leer, sospechar, releer y cotejar, al delegar en un consorcio mundial la misión de indicar qué era verdad y qué era mentira. Unánimemente hablaron los grandes medios de comunicación de masas (y sus innumerables apéndices) y los organismos internacionales (y sus repetidores locales), reproduciendo lo que la industria farmacéutica les decía que debían decir. Cualquier objeción al dogma entonces instaurado (encerrarse en las casas y esperar la vacuna; vacunarse porque la vacuna era 98% efectiva) solo podía ser tachada de “oscurantista”. Quienes previamente habían sacado carnet de jueces desenmascaradores de las fake, ahora renovaban las credenciales puesto que por su boca hablaba la Ciencia, que obviamente solo dice la Verdad, la más desinteresada. (Probablemente nunca se sepa en Uruguay cuántas personas murieron por omisión de asistencia, porque se les ordenó mantenerse lejos de médicos y centros de salud, y cuando pudieron acercarse ya era demasiado tarde. La espera de la vacuna mágica, espera fomentada por el consorcio anti fake, propició estrategias de salud criminales, difundidas e impuestas en nombre de la Ciencia.) 

Cuando la intimación a sentir miedo ciego y ciega confianza en la Ciencia fue perdiendo sus efectos, apareció en las pantallas la guerra en Ucrania, igualmente desprovista de historia, de contexto, de sospechas, puesto que se trataba del “gesto” de un “irracional”, “un loco”, “un jugador de ajedrez”. Desde entonces, el consorcio mediático-industrial muestra sin cesar madres rubias ucranianas comprensiblemente desconsoladas, tan comprensiblemente desconsoladas como las madres morochas palestinas, tan poco mostradas en los últimos cincuenta años de violenta colonización israelí de sus pueblos y aldeas. La industria ahora en juego no es la farmacéutica sino la parca por excelencia, la industria armamentística, la gran muda. No quita: el consorcio mediático sigue separando las fake, originadas en proputines, complotistas, fachos, nazis, paseístas y bolches, de la Verdad, emanada de las fuerzas de la democracia y de la paz, gracias a los miles de millones de armas que provee la industria armamentística y que el presidente de EEUU envía a Ucrania. (Por ejemplo, los treinta y tres mil millones de dólares pedidos por Joe Biden al Congreso de EEUU, el 28 de abril pasado, para seguir ayudando militarmente a Ucrania (1), lo que convierte a este país en la décima potencia militar mundial.)

A tres años entonces de que se formalizó el oficio de catador de la Verdad y eliminador de las fake, puede valer la pena volver a ese momento. 

(Publicado en Brecha, 19/VII/2019):

No todo es subversión: la France réac

A propósito de La debilidad de lo verdadero. Lo que la post-verdad hace a nuestro mundo común (2)

Totalitario como un liberal centrista (o de izquierda)

Alma Bolón

Contrariamente a subfijos elocuentes y discretos como “-ificar”  que no solo panifican y petrifican sino que también videifican y nadifican, hay una serie de prefijos de éxito ruidoso como, por ejemplo,  “poli”, “pluri”, “inter”, “trans” o “cis” (que dejó el Jordán y se arraigó en los genitales: de Cisjordania a cisgénero) y, claro está, “post”.  Si los “poli” y “pluri” ofrecen el elemental regocijo de la abundancia y los “inter” y “trans” ilusionan con saltearse fronteras y límites, el prefijo “post” terminantemente declara que ya estamos del otro lado.

De ahí que con sospechosa insistencia se declare que la despótica modernidad quedó atrás, puesto que alcanzamos su liberador “post”, o que se diga que lo que quedó atrás fue el hombre y su sustancia etérea -la humanidad-, puesto que claramente estamos en lo “post humano”, eficiente reemplazo del hombre que, entre tanto, devino un símil lento y descolorido de la inteligencia artificial. Francis Fukuyama, con el envión de la caída del Muro, lo anunció: la Historia tocó a su fin, y nosotros lo efectuamos. Hoy todo será posteridad, en lo sucesivo solo habrá posteridad. 

No llamará entonces la atención que en este Montevideo transido de prefijos que corretean, y tan luego entre nosotros, tan dados a postergar y a procrastinar, se haya presentado una obra que trata sobre otra posteridad, la que le llegó a la verdad: La debilidad de lo verdadero. Lo que la post-verdad hace a nuestro mundo común.

 Su autora, la filósofa Myriam Revault d’Allonnes, de entrada ubica su reflexión bajo unas hermosas palabras que Kafka dirigió a Milena: “Es difícil decir la verdad, porque hay solo una, pero es vivaz y en consecuencia tiene un rostro cambiante”. 

A la luz de esta dificultad, la autora remonta el tiempo hasta alcanzar uno de los momentos inaugurales -la Grecia de Platón y de Aristóteles- en el que cuajó un diálogo duradero sobre el régimen de verdad característico de la política. Si las verdades lógicas, las que se imponen por su carácter necesario -por no poder no ser, por no poder ser otras- ofrecen controversias más bien pacíficas, las “verdades de hecho”, las que son unas pero podrían haber sido otras, desatan furias. Habido un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa será igual a la suma de los cuadrados de los otros lados. Habido un contrato firmado por el gobierno uruguayo y la empresa UPM…

Conocemos el desdén platónico por esas verdades que, ajenas a la necesidad geométrica, se agitan sacudidas por las pasiones de los ciudadanos; conocemos la solución que Platón imagina para su República: coronar al filósofo escudriñador de verdades capaces de permanecer necesariamente incorruptibles más allá de sus eventuales existencias; expulsar a los poetas, por definición autores de lo que existe pudiendo no haber existido.

Conocemos también la reivindicación aristotélica de esas verdades de hecho –políticas- que se nutren de lo que podría no haber sido y que se sustentan no en el docto saber geométrico sino en las pasiones que mueven el alma de quienes prestando oídos a los oradores,  no siempre oyen lo mismo. En la cambiante y plural opinión que las pasiones formulan, Platón encuentra acicate para seguir haciendo de la geometría y de la música -de la abstracta relación entre medidas- las dos grandes educadoras políticas. En cambio, Aristóteles escribe, a modo de educación de la polis, una advertida Retórica, en donde sostendrá que si bien todo asunto comporta su cuota de persuasión, no da lo mismo un asunto que otro: no nos da lo mismo. Y, por cierto, Aristóteles compondrá la Poética, obra que señala las virtudes políticas de la poesía y de los mitos animados por los poetas trágicos y épicos.

A partir de esta matriz polémica, Revault cita y resitúa los puntos de vista sustentados por pensadores como Machiavelo o Hobbes, autores canónicos de la llamada “filosofía política”. Con una prosa sólida y fluida (que la Física nos perdone), la autora llega hasta el siglo XX, que le proporciona dos figuras mayores que sustentan su razonar – Hannah Arendt y Paul Riçœur- y llega hasta Michel Foucault, a quien la autora procura criticar. Arriba luego la autora al siglo XXI, que le trae la figura inquietante de la “post-verdad”.

Y es aquí probablemente en donde el planteo de Revault se vuelva difícilmente admisible para un número incalculable de lectores, no necesariamente filósofos, pero sí lectores interesados y seguidores de la actualidad, como esta cronista.

En efecto, la autora parte de lo que ella calificaría como “una verdad de hecho”, a saber, la elección por parte del Oxford Dictionary de “post-verdad” como palabra del año 2016, dada su invasiva presencia en la escena política y mediática. 

Esta palabra, reina de 2016, según el Oxford Dictionary, para la autora significa el advenimiento de un nuevo régimen de historicidad (indicado por el “post”) que, menos que oponerse a la verdad (tal como lo hace la mentira), implica el relegamiento de los hechos objetivos ante el protagonismo acordado a su aprehensión subjetiva. 

Las noticias falsas o tendenciosas son consubstanciales a la prensa, como el mentir lo es al decir. Entre nosotros, caso casero, podríamos recordar las acusaciones contra el gran patrón de la prensa francesa decimonónica, Émile de Girardin, inventor de la publicidad periodística y del folletín, a quien en los años 1840 se le imputa, en Montevideo y en París, manifestar en sus artículos una excesiva simpatía por el gobierno del Cerrito, entusiasmo alimentado por los abundantes patacones cerritenses embolsados.

Sin embargo, “la post-verdad” implica, según la autora, algo más grave, puesto que supone no un enunciado inadecuado a un estado de cosas, no el ocultamiento de un estado de cosas, sino la negación o destrucción de ese estado de cosas, de esa verdad de hecho. Así por ejemplo, los discursos que niegan el exterminio de judíos en los campos nazis; menos que mentir, destruyen la realidad, según la autora.

No entraré, ahora, en la dificultad teórica y práctica que plantea la idea de “destruir la realidad”, por un lado obvia si entendemos por “la realidad” un conjunto de organismos y de objetos, por definición destinados al morir o a la destrucción, menos obvia si entendemos por “la realidad” una instancia construida por entidades más abstractas como, por ejemplo, un conjunto de relaciones. Para la autora, esta “destrucción de la realidad” que produce la post- verdad emana de un relativismo generalizado que, a través de modalidades muy diferentes, desemboca en el borramiento del reparto entre lo verdadero y lo falso. Puede colegirse entonces que, para la autora, la oposición verdad / falsedad funda “la realidad”: será realidad todo aquello susceptible de ser verdadero o falso… 

No obstante, menos que en la dimensión propiamente filosófica del asunto, quisiera

detenerme en sus circunstancias más notorias. Si lo que lleva a Hannah Arendt, tal como lo recuerda Revault, a reflexionar sobre la mentira en política es la publicación por parte del New York Times y del Washington Post de documentos secretos transmitidos por un funcionario del Pentágono y reveladores de que el gobierno de Estados Unidos había mentido acerca de su implicancia política y militar en la guerra de Vietnam, hoy lo que alienta la reflexión de nuestra autora sobre “la post-verdad” es su forma privilegiada, la “fake news”, por decirlo en un inglés que desde ya dice bastante más que la “noticia falsa”. Dicho de otro modo, “post-verdad” y “fake news” aparecen unidas por un lazo privilegiado.

A su vez, según Revault, ambas prácticas -“post-verdad” y “fake news”- se alojan y se alimentan en las redes sociales, enemigas designadas de la higiene de la verdad. Así, Revault cita y elogia el artículo “Cómo la tecnología digital perturbó a la verdad”, de Katherine Viner, redactora en jefe de The Guardian, quien afirma que el voto por el Brexit fue el “primer voto importante en la era de la política post-verdad” (p.29 (3)). 

Igualmente, en el apartado “Mentiras de masa y visibilidad del dominio público”, Revault afirma que “el mercado actual de la información -y en particular la comunicación por internet y las redes sociales- propone una enorme masa de informaciones no estructuradas , que de este modo facilitan el encierro de los individuos en la esfera de sus convicciones preestablecidas” (p.87). Fuera de que no se entiende por qué el carácter no estructurado de la masa de la información facilitaría necesariamente el confinamiento individual en la esfera de las convicciones preestablecidas, sí se entiende que, para la autora, los productos más averiados del mercado de la información son los que se encuentran en internet y las redes sociales. 

Es más, hoy en día, afirma la autora, “la transmisión virósica de las informaciones a través de los canales digitales” intensifica “la vulnerabilidad” de esa “perversión del juicio” por la que “verdades de hecho” son transformadas en “opiniones” (p.107). 

En suma, para la autora, el nuevo régimen democrático de la “la post-verdad” se diferencia del “viejo arte de mentir”, tal como “destruir” se diferencia de “ocultar” (p.88). Esta distinción, ya fue dicho, ofrece varios inconvenientes teóricos: recordemos que no estamos hablando de sillas o de gatos, en los que es relativamente fácil reconocer la diferencia entre “ocultar” y “destruir”, sino que estamos hablando de discursos y de prácticas discursivas, entidades cuyo régimen de existencia es menos obvio que el de las sillas y los gatos.  

Sin embargo, los inconvenientes mayores de esta distinción quedan a la vista cuando la autora identifica empíricamente lo que corresponde al “viejo arte de mentir” y lo que corresponde a “la post-verdad”. Así, las falsas pruebas que, esgrimidas por el gobierno de EEUU, acusaron a Saddam Hussein de tener armas químicas y que permitieron que EEUU invadiera y bombardeara a muerte buena parte de Iraq, integran el “viejo arte de mentir”; en cambio, las campañas que permitieron el triunfo del Brexit y de Trump pertenecen al régimen de la  “post-verdad” (p.34). La diferencia no es solo temporal -el “viejo arte” versus “la post-verdad”-, sino moral, ética: el viejo arte de mentir se oponía a la verdad; esta nueva perversión del juicio que es la post-verdad destruye la realidad.

Ahora bien, afirmar, como afirmó la prensa argentina y uruguaya (incluida Brecha), que se había firmado el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, pasando por alto, o no dando el correspondiente destaque, al hecho de que las cláusulas hasta ahora secretas del documento en cuestión deben ser aprobadas por los parlamentos de los veintiocho Estados de la Unión Europea y por el Parlamento Europeo (con mayoría Ecologista contraria a que se termine de reventar la agricultura europea importando productos mercadosureños transgénicos y glifosateados al mango, o contraria a que los alimentos medianamente confiables queden reservados a las élites europeas que podrán pagarlos) ¿es ocultar la verdad, es ser tendencioso, es ser oficialista, es vender la piel del oso antes de haberlo cazado, es destruir la realidad, es “crear hechos alternativos”? ¿Es una inocente mentirijilla o es una vil fake news destructora de la realidad?

Si antes uno se burlaba o desconfiaba de quienes se plantaban como “dueños de la verdad”, hoy hay que desconfiar y burlarse, creo yo, de quienes se plantan como “dueños de la realidad”, capaces de discernir con propiedad cuándo ésta fue “ocultada” y cuándo fue “destruida”.  

A decir verdad, ese cernido ya fue hecho, ya siempre estuvo hecho; desde el pique mismo, Trump, Bolsonaro, Maduro, Putin, Erdogan, Bachar El Assad y el presidente iraní de turno fueron identificados como los grandes practicantes de la post-verdad, como los mariscales de regimientos de trolls y de bots que, acampados en granjas ucranianas, se empecinan en destruir la realidad. 

¿Cuál realidad? Bueno, esa en la que los Bush, Bill Clinton, Hillary Clinton, Barack Obama, Nicolas Sarkozy o Benjamin Netanyahou dicen alguna mentirilla, siempre y cuando solo se trate de ir a destruir Afganistán, Iraq, Libia, Gaza o Siria (pero nunca jamás, “destruir la realidad”), o cuando se trate de construir algún muro en la frontera mexicano-estadounidense(4) o en los escasos territorios de Palestina que van quedando fuera de la pata israelí. O cuando solo se trate de calumniar a Julian Assange, hablando hasta el hartazgo de sus malos olores corporales, de su mal talante, de sus violaciones a novias, de su servicio a Moscú, de las vidas que puso en peligro al difundir lo que difundió sobre las actividades asesinas de los Estados. Como está hoy a la vista, la pulcra verdad de Hillary Clinton y su aparato mediático cuasi monopólico está por desinfectarnos de Assange y sus redes lodosas.

En otras palabras, la autora presenta su conceptualización y su análisis como perfectamente ajenos a cualquier “ideología”, noción que sistemáticamente asocia a “totalitaria”, como si no hubiera más ideología que la así nombrada, y la así repelida  sistemáticamente por ella, en cualquiera de sus veinte apariciones a lo largo de su libro. 

Una larga tradición liberal afirma que “ideología” es lo que tienen los otros, los equivocados, los que no pueden pensar bien, puesto que todo lo ven bajo esa óptica. La autora suscribe este punto de vista. 

Ahora bien, si así fuera, ¿cómo entender esta ola que salpica hasta Montevideo y que, mediante el expediente de exhibir a una tropilla de “destructores de la realidad”, procura mantener a flote a una tropilla de mentirosos redomados, conglomerado político-mediático que aturde con su voz tronante?  
¿Cómo llamar a esta convergencia de las grandes empresas de periódicos del mundo con los restos de las socialdemocracias y la derecha, mancomunados para “salvar la democracia”, luchando contra “la post-verdad”, “las fake news” y las redes sociales? 
¿Cómo llamar a los eslóganes(5) pro verdad que, de un tiempo a esta parte, espeta el New York Times, conspirador primordial durante la campaña propagandística contra Iraq que permitió que EEUU fuera, en base a una mega mentira (mega fake), a sembrar la muerte entre cientos de miles de iraquíes?
¿Cómo entender la campaña lanzada contra las fake news, antes de las elecciones legislativas europeas de mayo pasado, por Avaaz, Ong vinculada al Partido Demócrata estadounidense(6)?  ¿Cómo entender su posterior júbilo por haber “sacado a luz y forzado la retirada de las que probablemente eran las mayores redes de desinformación de la historia”? Según Avaaz, son “redes que han logrado acumular 3 mil millones de visitas al año su contenido venenoso en tan solo seis países. ¡¡Lo suficiente como para llegar a cada votante un promedio de veinte veces!!”. 
Afortunadamente, informa Avaaz, esas redes operadas  por “los extremistas” fueron eliminadas y, de paso, sustituidas por otras no “venenosas”: “Y puesto que los extremistas también contaban con una baja participación en las urnas, ¡lanzamos inspiradores llamamientos a defender la democracia y salir a votar que fueron vistos más de 100 millones de veces en toda Europa los últimos días antes de las elecciones!”

¿Cómo se hubiera llamado, en épocas de lucha contra “la ideología totalitaria”, esta jactancia por haber impedido en Europa el mantenimiento de redes de información y su sustitución por otras? ¿Cómo se llama esta impresión de estar leyendo siempre la monótona verdad de Pravda, cada vez que se lee la prensa poderosa del mundo? 
¿Cómo entender la denuncia que en estos días hace Mediapart, órgano de prensa digital que desde 2008 se sustenta sin publicidad y financiado por sus lectores, y que alerta sobre “la situación de la prensa y del periodismo en Francia”, y sobre el hecho de que “las leyes liberticidas, las declaraciones alucinantes, las citaciones judiciales, las detenciones por indagatorias se multiplicaron estos últimos meses, situando al país en una zona peligrosa nunca antes vista en materia de libertad de prensa”. 
Estas palabras de Mediapart, menos que temer a “lo que la post-verdad hace a nuestro mundo”, menos que temer al desparramo de las fake por las cloacas de la verdad, parecen temer, a la antigua, lo que los poderes políticos, judiciales, policiales y empresariales hacen a la libertad de decir.
Probablemente no corresponda entender todo esto en términos de “ideología” solamente. Aunque esta voluntariosa decisión de sacar de la Troya, en nombre de “la verdad”, a contrincantes, se parece bastante a la tan denostada ideología totalitaria, hoy ejercida, con gran soltura y experiencia, por los ayer tan liberales.
Volviendo a un plano más filosófico, caben dos observaciones finales. Por un lado, Myriam Revault, con excesiva celeridad, alista en su propio campo a Nietzsche, Marx y Freud, so pretexto de que si bien estos autores ejercieron un pensamiento de la sospecha -de crítica a la evidencia-lo hicieron en nombre de la fuerza de lo verdadero (p.10). Claro que sí. Sin embargo, de esto no se desprende que estos tres autores hayan sido presecuelas de la denuncia de la post-verdad o de las fake news, ni que su perspectiva crítica pudiera justificar, a posteriori, la denuncia sobre el supuesto poder letal de la post y las fake. Justamente, su pensamiento alertaba contra las trampas al solitario de nuestros anhelos íntimos y públicos.
 Por otro lado, Myriam Revault se equivoca al afirmar que Michel Foucault no se interesó en el régimen de verdad de la democracia moderna (p.106). Al menos en un lugar, Foucault retrata este régimen. Véase si no:
“Hay sin duda en nuestra sociedad, y me imagino que también en todas las otras, pero según el perfil y escansiones diferentes, una profunda logofobia, una especie de sordo temor contra esos acontecimientos, contra esa masa de cosas dichas, contra la aparición de todos esos enunciados, contra todo lo que puede haber allí de violento, de discontinuo, de batallador y también de desorden y de peligro, contra ese gran murmullo incesante y desordenado del discurso”(7).
Cabría solo agregar que hoy ese “temor” no es “sordo” sino estridente, basta prestar oídos a la bullanga que mete la bienpensancia, siempre inquieta ante lo que escapa a su control. 




Notas

  1. (1)https://fr.news.yahoo.com/biden-veut-renforcer-laide-militaire-143056482.html?guccounter=1&guce_referrer=aHR0cHM6Ly93d3cuZ29vZ2xlLmNvbS8&guce_referrer_sig=AQAAAE4iSsp9X3irba2OnY8ZS5Stx5vUz8eZFdeTitxSHH4OuK09cq8QLRVWXkyKJhRPrJcbo12MAlMtseNfjxuK4tSM2c_3-UYRDLWFyp_MaXuZRLVmwxf8XIIbMXCADE5ZUBqPs3EQtSArs2U38smGr2oaWcBWkuQNnPvRe2XhClwG

(2) Mantengo esta traducción de La faiblesse du vrai. Ce que la post-vérité fait à notre monde commun, París, Seuil, 2018, 134 páginas. 

(3) Paginación según edición francesa; traducción mía.

(4) Desde Bush padre hasta Obama, todos los presidentes estadounidenses fueron construyendo el muro fronterizo con México; todos, excepto Trump. (cf. https://www.lemonde.fr/les-decodeurs/article/2019/01/18/cinq-choses-a-savoir-sur-la-frontiere-mexique-etats-unis-et-sur-le-mur-que-trump-veut-etendre_5410740_4355770.html)

(5) Hoy, 4 de julio de 2019, tocó « The Truth is worth it», sabia combinación de negocio y buena conciencia.

(6) https://www.counterpunch.org/2013/09/13/welcome-to-the-brave-new-world/

(7) Cita proveniente de El orden del discurso; agradezco que Sebastián M. Ferreira Peñaflor la destacara en su contribución a Criminalización mediática de la crítica, Montevideo, Maderamen-Casa de Filosofía, 2018-2019.

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