Lengua, discurso y política

ENSAYO

“Política de la lengua”: esta expresión designa una objeción a la homogeneidad semántica del mundo, a los “universos lógicamente estabilizados”.

Por Santiago Cardozo

1. ¿Qué entiendo por política de la lengua? ¿Cómo se define una política de la lengua? Si la lengua es un sistema de signos cuyo valor está determinado por la posición que cada signo ocupa en el sistema con relación a los otros signos (A no es A en sí misma, sino en función de la relación diferencial y opositiva que mantiene con B y C…, de suerte que no hay nada en A que dé cuenta de su identidad como signo, pero ese “algo” tampoco está en B o en C, sino en la relación misma, un locus siempre móvil, en perpetuo desplazamiento, que opera de la misma manera sobre B y C), presupone, como sistema de signos, un exterior que no está hecho de signos, a saber: la realidad, con el cual los signos se vinculan, pues el imaginario comunicativo funciona según este vínculo, definido como un envío de las palabras a las cosas. Así, una política de la lengua implica pensar la relación lengua/realidad, signos/referentes, asumiendo una heterogeneidad constitutiva entre los dos órdenes relacionados, pero, a la vez, la necesidad de la relación. 

2. Si el mito originario que funda la lengua y el mundo es el de la separación y la relación necesarias entre la lengua y el mundo, la política actúa sobre o se localiza en la barra que define la separación y la relación en cuestión, advirtiendo, ante todo, su carácter necesariamente imposible y, luego, el modo de ser equívoco de las palabras, lo que desarregla la pretendida transparencia referencial que, según demandamos, constituye la anatomía misma de la fantasía comunicativa, que no puede digerir adecuadamente el malentendido que sostiene la relación lengua/mundo.

3. Esta es, para mí, la política de la lengua: el desarreglo, el desacuerdo o el litigio generalizados que, como interdictos crónicos, ponen en jaque la más apacible denotación de las palabras, escenificando el drama de la imposibilidad de dar en el blanco, del decir siempre torcido, oblicuo, que dice de más o de menos o de más y de menos, esto es, que dice siempre otra cosa, cuya escucha no coincide con el lugar de su enunciación. La política de la lengua está definida, entonces, por dos escuchas: una que podríamos llamar, a falta de mejor palabra, superficial, y otra que, sin ninguna originalidad, denomino subyacente, afectada irremediablemente por el deseo y el inconsciente. Así pues, la política de la lengua es también una política del deseo y del inconsciente en el modo en que la lengua se vuelve discurso por intermedio de la enunciación, jamás reductible a las diversas formas y contenidos del enunciado. Toda enunciación, finalmente, es una negación –en otro nivel– del enunciado.

4. El signo lingüístico, según Saussure, se define por la asociación psíquica entre un significado y un significante. En este punto, el lingüista ginebrino es meridianamente claro respecto del hecho de que el significado no puede confundirse con la cosa del mundo, que es de un orden y un carácter enteramente distintos. Sin embargo, es preciso señalar que la cosa del mundo funciona, en la definición del signo, como un elemento que lo constituye a título de exclusión, rechazo, denegación. Esto es, la cosa del mundo (llamémosla referente) es necesaria para que haya signo, en la medida en que este vive de la relación imposible, pero necesaria, con aquella. Incluso más, es la lengua misma la que precisa del referente como “representante” de la realidad para aparecer como lengua, es decir, necesitamos que exista la separación-relación entre la lengua y la realidad para que podamos pensar tanto la una como la otra como pensamiento, finalmente, de su mutua y problemática, equívoca relación. 

5. ¿Qué es el silencio? ¿Cómo actúan sobre o constituyen el sentido de lo que decimos el deseo y el inconsciente? ¿En qué medida el silencio es constitutivo, fundante de la política?

La comunicación es una fantasía o una ilusión imaginarias que construyen la realidad, a fin cubrir/conjurar eso imposible de decir contra lo que nos topamos todo el tiempo, con lo que nos vemos obligados a negociar. Imposible de decir con palabras, lo real no cesa de interferir en el funcionamiento del lenguaje y, a la vez, lo hace posible, lo estructura internamente como su condición de posibilidad y efecto “residual” en términos de un déficit/superávit del decir. Agujeros, vacíos, fallas y faltas por doquier: así está edificado el lenguaje, así es su arquitectura; con eso debe tratar el sujeto que habla (en todos los sentidos del tratamiento: como se trata una pared sin revoque, una obra artística en restauración, un tobillo esguinsado, una dolencia cervical o un sufrimiento espiritual; como se trata con alguien en el vínculo cotidiano; como se hace un trato de cualquier especie con el otro), porque sabemos, como lo entendían los griegos, que el lenguaje es logos pharmakón: medicina y veneno al mismo tiempo, o como lo entendía Lacan: un colimador que no funciona.  

El funcionamiento por defecto del lenguaje implica la creencia en que las palabras nos envían a los objetos del mundo, cuya existencia se da por descontada. De este modo, la fantasía imaginaria presupone una distinción irreductible, a saber: por un lado, el lenguaje y, por otro, la realidad. ¿Pero cómo se relacionan? ¿Cuáles son y cómo se dan los diversos cortocircuitos inherentes a su articulación? ¿Podemos pensar las cosas destituyendo esta distinción, borrando, por el efecto de la causa que sea, la barra que los antagoniza? Una respuesta provisoria la ofrece Borges en “Funes el memorioso”: lo que cuento nos propone pensar es el límite mismo de nuestro pensamiento.   

Decir es, entonces, entrar/caer en la imposibilidad de decir, procurar aprehender con palabras los objetos que componen nuestra realidad, objetos en perpetuo desplazamiento (he aquí, contenida, la “fórmula” del deseo), a partir de una interminable tensión entre un decir deficitario y un decir excesivo, o entre un decir que gustaría del “al pan, pan, y al vino, vino” y un decir siempre torcido, que dice de más, de menos, y por medio del cual el hablante pide siempre ser entendido más allá de lo que dice. En este contexto, sabemos o creemos saber lo que decimos, pero nunca podemos saber qué ni cómo escucha el otro.  

De forma concomitante, entre la palabra proferida y la realidad a capturar se levanta el muro de lo real, cuyas consecuencias producen todo tipo de equívocos, entre ellos, la ambigüedad, la polisemia, los lapsus, fenómenos que estropean la comunicación o que, si se quiere, la hacen posible. 

6. Quiero, ahora, introducir una “cuña” política en el aparato conceptual de la gramática, para mostrar el juego del desacuerdo en el punto mismo en el que la lengua y el mundo se relacionan. Según lo expuesto en los puntos anteriores, la política se sitúa en ese espacio siempre problemático, inestable, definido por una inconmensurabilidad irreductible: la que hay entre las palabras y las cosas, pertenecientes a órdenes radicalmente heterogéneos (finito el primero, infinito el segundo), que la nominación “ata”, “liga”, en su inherente equivocidad. 

Me interesa especialmente dirigir la mirada hacia el ámbito de los sintagmas nominales encabezados por artículos determinados como “el uruguayo”, “el artiguismo”, “el pozo”. El asunto en cuestión tiene que ver con el modo en que, según la gramática, suelen interpretarse estos sintagmas por el efecto que en ellos causa el artículo. Se trata, en suma, de un fenómeno que, como intentaré mostrarlo, pone en juego aspectos centrales de las tres disciplinas fundamentales de la lingüística: la gramática, la semántica y la pragmática, en las que están envueltos sendos problemas relativos a la relación lengua/mundo y al funcionamiento del discurso respecto del sujeto que habla, de la historia y de la ideología. 

Comencemos, primero, por la explicación que da la gramática (algunos gramáticos) sobre el uso de los determinantes en general y del artículo definido en particular. Así, Ángela Di Tullio señala lo siguiente:

“Los determinantes dotan al sintagma nominal de valor referencial: hacen posible la identificación del referente. El artículo definido se caracteriza por presuponer la unicidad del referente, es decir que la descripción que le sigue es satisfecha por un solo individuo o por el conjunto que la cumple (en relación con el contexto o la situación) […]” (Manual de gramática del español, Buenos Aires: Waldhuter Editores, 2022, p. 153) [las negritas me pertenecen].

Varios son los aspectos sobre los que debemos llamar la atención, a fin de mostrar la “ilusión” referencial que parece animar y dominar al razonamiento gramatical. Por una parte, es preciso anotar que esta clase de sintagmas nominales ligan expresiones lingüísticas con objetos concretos del mundo, vale decir, articulan, mediante la operación que llamamos referencia, los dos órdenes heterogéneos señalados arriba. Por otra parte, si la referencia es la operación fundamental que se “activa” en estos sintagmas nominales, lo hace solo a condición de ser definida en términos de satisfacción de una descripción, en la medida en que un SN con artículo determinado presupone la “unicidad del referente”. Así pues, según señala Di Tullio, la operación referencial en cuestión nos permite identificar el objeto del mundo al

que se alude, de modo que la propia operación referencial “activada” se sostiene en la división entre la lengua y el mundo, división por la cual la lengua funciona como lengua y el mundo se nos aparece como tal. Es decir, no es posible pensar la referencia, su positividad, incluso el envío o el transporte implicados que conllevan un movimiento de las palabras a las cosas, si no asumimos antes que lengua y mundo están separados y que, a la vez, deben relacionarse, debe haber una articulación, aunque esta sea, por definición, problemática.

Si pensamos, entonces, en un sintagma nominal como “el uruguayo” en un enunciado del tipo de “El uruguayo toma mucho mate”, podemos preguntarnos, desde luego, cuál es su referente (dado que el artículo determinado presupone la unicidad del referente y, a la vez, opera identificándolo en el contexto en que se habla), pero resulta sin duda más interesante la pregunta “desplazada” sobre cómo está compuesto ese referente y, sobre todo, cómo funciona el sintagma nominal en cuestión en el discurso en que aparece. Esta otra pregunta, que escapa a los dominios de la gramática y de la semántica, e incluso de la pragmática (este uso de la lengua –el discurso– es de otro orden, por lo cual se aleja de la pragmática más clásica y, creo yo, también de la más actual), implica preguntarse por el lugar que ocupa el sujeto que habla en la estructura discursiva social y el modo en que operan la historia y la ideología.  

Así pues, ¿cómo funciona “el uruguayo” en el ejemplo propuesto?, ¿cuál es su referente? A este respecto, es preciso señalar que el artículo determinado, en este sintagma en particular, produce también el efecto de prototipicidad por medio del cual se recorta, siguiendo una abstracción reduccionista y siempre polémica, los rasgos más sobresalientes de un conjunto de estos que, diferenciados según el corte entre lo esencial y lo accidental, permiten una descripción del referente u objeto del mundo que llamamos “el uruguayo” a partir de un trazado que excluye lo accesorio y retiene específicamente ciertos elementos finalmente situados en las cosas en sí. 

El discurso de la gramática se sostiene en un punto que, una vez excluido de forma explícita o no, se le vuelve ciego y, desde esa posición de ceguera, la propia gramática se ve notablemente afectada por los efectos de su propio movimiento de exclusión, aunque ella se mueva sobre un fondo ilusoriamente estable y, en consecuencia, produzca enunciados descriptivos y explicativos que, de igual modo, provocan una estabilización ilusoria del sentido o de la significación resultante del uso de la lengua. Me refiero, aquí, a la separación entre la lengua y “lo cultural”, “lo social”, “lo histórico”, “lo ideológico”. Así pues, en un ejemplo como “el uruguayo”, el discurso de la gramática señala que una cosa es lo que la cultura permite sedimentar como aspectos del significado del sintagma nominal en cuestión y otra muy distinta es el efecto de prototipicidad que produce el artículo determinado, efecto que podemos calificar de “engañoso” o de inherentemente imaginario. En otras palabras, la gramática rechaza hacerse cargo del modo en que el referente de un sintagma como “el uruguayo” se compone de múltiples discursos y prácticas sociales no discursivas que se retroalimentan, para quedarse con la explicación más aséptica, más propiamente sistémica en el sentido gramatical: si el sentido de “el uruguayo” nos interpela ideológicamente como sujetos; si los diversos discursos que a través de la historia han “llenado” el significado del significante “el uruguayo”, la gramática no tiene nada que ver con esto y, por lo tanto, se contenta con explicar el significado de la estructura que estamos considerando desde cierta ilusoria inmanencia, como si en esos múltiples discursos sociales que circulan en diferentes ámbitos los hablantes no utilizaran el sintagma “el uruguayo” y este hecho no constituyera parte del modo en que se produce el efecto de prototipicidad codificado en la estructura en cuestión por el funcionamiento del artículo determinado. 

7. Si volvemos al pasaje de Di Tullio y lo cotejamos con el que sigue, de Ignacio Bosque y Javier Gutiérrez-Rexach (dos distinguidísimos gramáticos), además de notar, como es de esperar, varias similitudes conceptuales (la especificación y la precisión de la referencia o de la cantidad), advertimos una similitud llamativa que, sin ser conceptual, pone en jaque, en mi opinión, la dimensión conceptual de lo que se está explicando. 

“Como indica su etiqueta categorial, los determinantes ‘determinan’ o ‘especifican’ la referencia del nombre sobre el que inciden, es decir, precisan su cantidad, su referencia u otras propiedades relacionadas con estas, como son las de posesión, deixis, etcétera” (Bosque y Gutiérrez-Rexach, Fundamentos de sintaxis formal, Madrid: Akal, 2009, p. 207).

Se trata del empleo del marcador discursivo de reformulación “es decir”, que aparece en el mismo lugar en ambas citas, articulando los mismos puntos en desarrollo, como si fuera perentoria su presencia en ese preciso momento que, a juzgar por la similitud señalada, parece constituir la clave de lo expuesto y, a la vez, la cuestión crítica, aquella que el propio discurso de la gramática no puede digerir del todo, porque hay algo allí o en eso que hace ruido, que escapa a la aprehensión del contenido enunciado. En otras palabras, podemos interpretar la repetición del marcador “es decir” como un síntoma de que algo no anda bien en ese punto, sobre el cual recae una operación de sutura (la glosa metalingüística en cuestión) a fin de poder seguir adelante en la explicación con una aclaración tan necesaria como insuficiente, tan yendo de suyo como problemática. Algo punza [1], algo quiere abrirse paso en el tejido estable del enunciado gramatical; algo rasga la pretendida homogeneidad de la explicación, entrometiéndose en el despliegue imaginario del decir. ¿Cuál es, pues, el trauma que el “es decir” exhibe al pretender conjurarlo o, al menos, suturarlo para seguir adelante como si no pasara nada?

El marcador “es decir” da cuenta de una inadecuación fundamental que pone sobre la mesa la brecha entre la descripción implicada en un sintagma nominal y los objetos del mundo que satisfarían esa descripción. Entre los dos órdenes que superpone la nominación, hay una no-coincidencia (Authier-Revuz) entre las palabras o las expresiones lingüísticas y los objetos del mundo referidos que el marcador “es decir” escenifica, dramatiza, buscando hacer pasar, como si nada pasara, el trauma de lo real que la gramática no puede metabolizar. 

La sola idea de identificar y precisar el referente mediante la referencia determinada supone forzosamente un punto en el que hay un deseo perpetuamente desplazado –el deseo de representación– en el que no hay identificación ni precisión, sino corrimientos, desplazamientos, imprecisiones, heterogeneidad (la enunciación niega lo dicho en el enunciado). Ahora bien, el juego entre el deseo lanzado al lenguaje y su concreción (como sabemos, nunca alcanzada, por lo cual podemos hablar, en rigor, de deseo) se levanta un muro (lo real) que impide los apareamientos sin problemas, la relación de coincidencia o de adecuación entre las palabras y los objetos. Pensar las cosas en términos de referencia y de descripción supone que hay dos órdenes heterogéneos que se ligan sin que cada uno de ellos pierda o renuncie a su naturaleza, de modo que esa ligazón no puede ocurrir sino de manera equívoca, aunque, naturalmente, y en definitiva, ocurra.

Pero no solo lo real actúa como una interdicción en la referencia, sino que también nos topamos con la historia y las formaciones discursivas en el interior de las cuales las palabras significan lo que significan. Es decir, no hay posibilidad alguna de que la relación referencial entre una palabra y un objeto pueda darse efectivamente en términos descriptivos, en la medida en que se le interponen diferentes dimensiones del sentido que provocan, todo el tiempo, efectos de desestabilización, de opacificación, etc. 

8. Lo desarrollado arriba es la forma en que entiendo la política de la lengua como operación crítica sobre los fundamentos de los enunciados que tienden a estabilizar el sentido, en este caso, enunciados gramaticales. Estos enunciados, inscriptos en la gramática como disciplina lingüística que se quiere científica, deben mantener una sordera selectiva, pero, sobre todo, inconsciente, frente a determinados ruidos que podrían llegar a afectar su propia constitución teórica. De este modo, el discurso, lejos de ser un nivel de análisis que se ubica por encima de la oración como unidad fundamental de la gramática, define el espacio mismo en el que la gramática encuentra los ruidos y los problemas de los que ella misma no puede hacerse cargo sin desvanecerse como gramática y, llegado el caso, como lingüística, al menos si concebimos la lingüística en un sentido más bien tradicional, sin atender a los efectos que sobre ella ha producido el psicoanálisis, una afectación que me resulta insoslayable. Aun así, la lingüística, por diferentes razones, no es capaz de metabolizar el modo en que se articulan la lengua, el discurso, la historia y lo real, hecho que he querido poner de manifiesto a partir de la noción de política de la lengua.  


Notas 

[1] Es inevitable hacer referencia a la noción de punctum que propusiera Roland Barthes en La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía (Buenos Aires: Paidós, 2006). Dice Barthes: “Ese segundo elemento que viene a perturbar el studium lo llamaré punctum; pues punctum es también: pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad (p. 59). Hay algo (el sentido) que queremos estable, homogéneo, bien tramado, bien tejido, pero hay, también, el punctum que desgarra la trama o el tejido simbólicos y que conduce toda nuestra atención hacia el punto en el que punza, allí donde sentimos ese pinchazo como detalle en nuestro cuerpo. 

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